“Divorciarme del cigarrillo, después de más de tres décadas de fiel matrimonio ...”

Me han pedido un testimonio, y aunque se supone que la escritura no me es ajena, escribir sobre la propia vida no siempre es tan fácil como parece.
Soy editora. Un día de septiembre de 2005, mi jefa se acerca a mi escritorio y me dice: “Mercedes, hoy a la tarde tenemos una reunión con dos autoras que proponen un libro para dejar de fumar”. Justo una semana antes, yo había estado charlando seriamente con mi doctora sobre la necesidad de divorciarme del cigarrillo, después de más de tres décadas de fiel matrimonio. Cuando mi jefa se fue, pensé: “Espero que sea bueno, así me sirve”.
Como corresponde a mi trabajo, leí el manuscrito de El placer de no fumar… nunca más una y otra vez, minuciosamente, lo corregí, sugerí agregados, reformulaciones, me ocupé del diseño, de las ilustraciones, de la tapa, de la contratapa… ¡Pocas veces fumé tanto como lo hice mientras leía esos manuscritos!
En la editorial, las fumadoras del piso solíamos reunirnos en la escalera para dar rienda suelta al vicio, así evitábamos discusiones y entredichos con aquellos de nuestros compañeros de trabajo a los que les molestaba el humo del cigarrillo. En ese ámbito, y bajo inspiración directa de las noticias que la edición del libro producía a medida que el trabajo avanzaba, la decisión de convertirnos en una especie de “grupo de autoapoyo” para dejar de fumar cobró forma. Decidimos que nuestro “día D’” sería después de que el libro saliera, así todas tenían tiempo de leerlo. Y el 20 de abril, finalmente, nos reunimos en la escalera con botellitas de agua y tazas de té en vez de cigarrillos.
Creo que no exagero al afirmar que la constitución de ese grupo ad hoc fue providencial, al menos para mí: sin él, sé que dejar el cigarrillo me habría resultado mucho más difícil de lo que fue. Escuchar la invitación: “¿Vamos a la escalera?” y renunciar a esa pausa habría sido una verdadera tortura.
Día a día fuimos compartiendo nuestros nervios, inquietudes, estrategias, temores, pequeños triunfos cotidianos, estados de ánimo… hasta que la ansiedad empezó a decrecer y, a su ritmo, fuimos consolidando nuestro camino de ex fumadoras. Es muy bueno poder decir que hay cuatro fumadoras menos en el mundo.
En cuanto a mí, me costó mucho menos de lo que esperaba. Tanto, que todavía no termino de entenderlo (y de lamentarme: ¡podría haberlo hecho antes!). Me alegra no haber sufrido tanto como esperaba, pero también me siento obligada a reforzar todos los días la decisión de no volver a tocar un cigarrillo; prefiero no tentar a la suerte. Experimenté mucho de lo que Susana y Carola mencionan en el libro, y no me importó haber recuperado unos cuantos de los kilos que había perdido con esfuerzo: los voy a volver a perder, y son un precio muy, muy bajo por el beneficio de haberme sacado de encima ese vicio esclavizante y nocivo. Cada vez que alguien me habla del tema me sale espontáneamente una enorme sonrisa, y no puedo reprimir el orgullo al decir “Dejé de fumar”.

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Mercedes
25 de septiembre de 2006